Tumba

Cargo un muerto en los huesos. Amanece conmigo y por las noches se acuesta encima de mí. Titiritero, muevo un brazo y él mueve el suyo. Respiro sin soplo de vida: no deja de ser un cadáver. Camino y me tira al suelo. Al menos sé cuánto tiempo estará conmigo: hasta que su peso inerme termine de pulverizarme.

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Maldita sea

¡Verosimilitud, un soneto!

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La vida secreta de los cajones

Engañados por su utilidad y convencidos de perseguir el orden (siempre el orden), guardamos cosas en los cajones y somos inconscientes de que, al hacerlo, pintamos una raya entre eso que guardamos y el resto del Universo: de pronto, un calcetín es arrancado del mundo y arrojado al oscuro y secreto reino del cajón de los calcetines. Un segundo antes nos pertenecía a todos. Un segundo después, el calcetín le pertenece sólo y nada más que al dueño y custodio del cajón.

En apariencia, el caso de los calcetines es relativamente sencillo pues supuestamente se trata de un submundo habitado por seres idénticos (quiza en el cajón convivan calcetines de diferentes colores o tamaños, algunos tendrán hoyos y a otros se les habrá perdido la pareja, pero invariablemente son todos calcetines). Sin embargo, el mundo es diverso (¡fatigosamente complejo!) y basta husmear (con o sin permiso) en los armarios de otras personas para darse cuenta de que un mundo en donde todas las personas asignen un cajón exclusivo para guardar sus calcetines es, en realidad, una inocente ilusión. Por un lado están quienes, sin importar su color, mezclan ropa interior con calcetines; por otro lado están quienes, sin importar el tipo de prenda, ordenan su ropa según su color. Más allá están los que la separan según su grado de formalidad: la ropa para ir al trabajo versus la ropa para hacer deporte. Más acá están quienes avientan todo indistintamente al cajón más cercano o al menos lleno.

Los anteriores son sólo cuatro ejemplos de la inagotable cantidad de opciones que hay para ordenar las cosas. Es entonces cuando nos damos cuenta de que el “orden” no tiene mayúsculas y que, más allá de su verosimilitud (de su lógica interna), cada quien adopta, más o menos conscientemente, una manera propia de categorizar y jerarquizar al mundo que lo rodea. Es en este sentido que es posible suponer que un cajón es un espejo material de nuestra cosmovisión y, por lo tanto, de nuestra vida privada (esa que ocurre detrás de las puertas, en los rincones, bajo el velo de las cortinas, y que se compone de recuerdos y deseos que sólo se pueden enunciar en voz baja).

El asunto se vuelve más claro cuando el cajón en cuestión es realmente un cajón en el que se guardan secretos: cartas, piedras, postales; tres conchas, el mar y una sombrilla de papel. Otra vez, las combinaciones son infinitas, pero ahora la mezcla adquiere un tinte fantástico, como de hechizo mágico (en lugar de ancas de rana, una pluma; en vez de ojos de buitre, una moneda; en sustitución de patas de araña, una caja de cerillos). Cualquier cosa vale, siempre y cuando en ella se encapsule un secreto (algo así como una semilla).

Cajones-retratos, cajones-espejos. Aun cuando estén disfrazados de muebles, los cajones son cofres en los que depositamos nuestra existencia. Visto así, ¿cómo no querer conocer el cajón donde María Luisa guarda sus secretos, después de haber tenido la oportunidad de espiar furtivamente en su desordenada alacena?

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Entregar una llave

Uno de los pilares sobre los que se sostiene el amor es la coincidencia. Hay tantas posibilidades de que dos personas nunca se encuentren que, cuando ambos logran evadir la difurcación, se ven embriagados por una sensación milagrosa, como si su unión formara parte de los planes del destino. Así, los afortunados se elevan por encima del resto de los hombres, soliviantados por la impresión de que sus nombres unidos forman parte de una historia más amplia y venturosa, como una estrella recién nacida en el firmamento.

“Coincidir es un milagro”, sí, pero también existe otro tipo de amor, un amor igual de milagroso pero ilícito y cruel, desarropado del brazo amable del destino; amor voluntario y carnal cuyo impulso no recae en fuerzas exteriores sino que se abre paso nada más que por la apuesta de los amantes: el amor de aquellos que deciden encontrarse a pesar de no coincidir, el de quienes no se contentan con el aquí y el ahora y que se declaran su amor sentando las bases para una futura coincidencia. Amor de dos que levantan su esperanza como una ola para escribir entre paréntesis sus nombres juntos, aun cuando el destino los haya querido extraviar. Más que dejar la puerta abierta, se trata de entregar una llave. Y, con ella, la oportunidad de utilizarla cuando llegue el momento.

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De la impunidad de los músicos en los restaurantes

Esta nueva diatriba va dirigida a los músicos en los restaurantes, quienes ejercen un tipo de impunidad que es difícil distinguir, tan así que el calificativo “impunidad” parece, a primera vista, desmedido. Pues no lo es: ellos se aprovechan de la idea romántica de que a todos nos debe, debe, gustar la música. ¿Y qué mejor momento para escuchar unos arpegios que mientras se degustan de los sagrados alimentos en compañía de fraternas amistades? Falso: cuando uno come acompañado, lo que uno quiere es conversar. Comer solo y comer sin hablar es casi lo mismo. Pero he aquí que ya viene el trío, una coja con su pandero, el romántico de la guitarra, la ciega plañidera, los Beatles rastafaris, el sombrero con acordeón. Y todos, sin excepción, carecen del gusto estético suficiente como para por lo menos darse cuenta de que sus coyoteos molestan a la gente, pues aún tienen la desvergüenza de pasar de mesa en mesa con la mano extendida para pedir una moneda. Peor aún: si uno decide que la interpretación no tuvo la suficiente calidad artística como para desprenderse de una moneda y patrocinar su incipiente carrera, el músico se nos quedan mirando con ojos de revancha, lo que algunos llaman atinadamente “el maleficio del trovador”.

Debo hacer una corrección: no todos los músicos de restaurante ejercen este tipo de impunidad. Se trata, sobre todo, de aquellos que andan a pie deteniéndose en cada comida corrida. En otros sitios, restaurantes quizá de mayor categoría, los músicos por lo menos tienen el gesto de preguntarle a uno si quiere escuchar una canción. Cuando uno, naturalmente, dice que no, tal vez insistan una, dos veces, pero terminan yéndose sin obligarnos a escuchar con los oídos rotos parte de su inverosímil repertorio. Hecha esta aclaración me pregunto por qué los dueños de las comidas corridas soportan a estos peregrinos, bajándole o incluso apagando la televisión para que tantos músicos de pacotilla reciban la atención de un auditorio que ni los quiere ver ni los quiere oír. ¿Existirá algún tipo de acuerdo entre ambos (repartición de botín, por ejemplo) o sólo se trata de un acto de bondad, del tipo de actos filantrópicos que propician ideas como la de que todos debemos, debemos, disfrutar de la música? No por nada, la música y el amor comparten el erróneo mote de “el lenguaje universal”.

Tienen suerte, pues, estos personajes de que en el mundo haya gente supersticiosa que esté convencida de que no darle dinero a un músico es tentar a la mala suerte.

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Del arte de escribir oficios

Escribir oficios es una actividad poco valorada que, usualmente, los jefes delegan a otras personas. Así, los oficios son vistos como una árida actividad que no merece la atención de personajes distinguidos, quienes sólo esperan que ya estén listos para estampar en ellos su poderosa firma. Sin embargo, a pesar del desprecio de que son víctimas, escribir un oficio es una difícil tarea cuya dificultad aumenta ante la poca consideración en que se tienen (es poco común que un jefe dé suficiente tiempo para escribirlos): como si hacerlo fuera tan rutinario como pasar una llamada, concertar una cita o, más preciso, pasar un recado.

Creo que la redacción de oficios merece atención no sólo porque de ellos depende parte del éxito de una oficina, sino también porque se trata de un tipo de texto que, por sus características, pone en juego tres elementos cuyo dominio es común de toda buena literatura. Primero: exposición clara del asunto. Se dice fácil, pero poner en el papel lo que estamos pensando es una habilidad amarga y rigurosa, que produce más frustraciones que alegrías y cuyos fracasos nos hacen sentir verdaderamente inútiles y molestos, como si ni siquiera fuéramos capaces de ponernos de acuerdo con nosotros mismos. Segundo: hablar en nombre de alguien más; en suma, tener noción de lo que significa la “narratología”. Esta característica se complica con el punto anterior, pues quien redacta un oficio debe no sólo asumir la voz de su jefe, sino también plasmar con claridad lo que su jefe está pensando. Y tercero: ser efectivo; es decir, convencer, lo cual nos pone ante la mismísima tarea de organizar un discurso (que, a su vez, complica la exposición clara del asunto). Lo instantáneo y efímero de la lengua hablada tiene su contraparte en la lengua escrita, donde de pronto, y muy malacostumbrados, nos vemos en el entredicho de ponderar qué decir primero y qué decir después. ¿Qué pasa si invierto el orden y digo primero lo segundo y segundo lo primero? ¿Qué efecto produce? ¿Cuál es el más efectivo? Etcétera.

Así, sirvan estas líneas para elevar el estatus de todos aquellos que nos hemos y nos seguiremos viendo ante la ingrata obligación de redactar oficios. Oficios que no dejarán de ser urgentes y de cuya buena resolución dependerá que nuestros jefes no pierdan el tiempo en los laberínticos escollos de la sintaxis y la ortografía. Paradójicamente, mientras menos atención les pongan, significará que mejor estamos haciendo nuestro trabajo. Ingrato público. Tal vez un día nazca un nuevo Gogol que inmortalice nuestras cuitas.

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De los menos libros

Recomendar libros es una actividad frustrante. Cada vez es más difícil encontrar en las librerías libros que se leyeron hace 5, 10 años. Ni siquiera los así llamados clásicos escapan a la lógica de la rentabilidad por metro cuadrado. En su gran mayoría, las librerías se limitan a exhibir títulos de reciente publicación y a devolver a los editores en tan sólo unos meses los títulos que no se hayan vendido. Nadie escapa al poder avasallante de la homogenización. Aunque parezca increíble, hasta un libro como El Quijote puede significar una odisea. En algún momento, tal vez La Biblia también forme parte de la lista de devoluciones que mes a mes las librerías entregan de vuelta a las editoriales, si no es que ya lo es (¿sentirá remordimiento el encargado de la librería de llevar a cabo esta ejecución?). Dentro de 5 años o menos, los fanáticos de los Crepúsculos, los Alquimistas, los Secretos o Los hombres que no amaban a las mujeres tal vez padezcan la misma frustración: si el gusto por tales lecturas sobrevive al paso del tiempo, se encontrarán con que dichos libros ya no estarán en los anaqueles de las librerías.

Mientras tanto, lectores asiduos y lectores esporádicos nos vemos sometidos bajo la ley del imperio de la novedad como único parámetro. Así, a la mitad de la disputa entre el libro digital y el libro de papel, osamos preguntar: ¿Por qué los editores que defienden al papel, forrados de la santidad con que asumen su rol de protectores de la tradición, no se preocupan por mantener vivos sus libros? ¿Desde cuándo la novedad es sinónimo de calidad? Nadie escapa al poder avasallante de la homogenización: padres no lectores, maestros no lectores, promotores de lectura no lectores… ¿Editores no lectores? Un principio de revolución podría ser tomar mediante el uso a las bibliotecas. Volverlas útiles. Podría empezar así, o de mil otras maneras.

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