La pasión del perro que se orina en la piedra y la piedra que ni se inmuta

La mitología, la filosofía y la ciencia se pelean máscara contra máscara y los espectadores de ésta lucha no suelen estar de acuerdo en la adhesión de ninguna de las tres al bando de los rudos o los técnicos: la respuesta variará según los gustos del aficionado, ya sea éste psicoanalista, bohemio, pintor, biólogo, historiador o matemático, por poner un par de ejemplos. Pero la responsabilidad de este encarnizamiento no es ni de la mitología ni de la filosofía, ni tampoco de la ciencia, sino de los mismos espectadores que suben a sus tres Frankensteins a luchar una batalla inútil y sin tregua. Habemos, sin embargo, quienes, quizá infantilmente, le damos la espalda al ring y nos ponemos a jugar en nuestra silla con los luchadores convertidos en juguete, por un lado el de la mitología, por el otro el de la filosofía y más allá el de la ciencia. En nuestro juego, que es un juego intelectual, quizá ninguna de las tres luchen y, más bien, se pongan de acuerdo entre sí y colaboren como personajes de una historia más elaborada y, probablemente, sin sentido. Habrá que ver… Pues veamos: a continuación se presenta el guión de uno de estos juegos libres y apasionados.

1. Cuando un niño le pega a una planta o a un perro, su padre le dice que no lo haga porque el árbol o el chihuahua sienten. El niño sabe por experiencia que cuando él recibe un golpe le duele y, por analogía, comprende que sus golpes le causan sufrimiento al árbol o al perro. Lo que nos importa aquí no es la educación del niño (eso se lo dejamos al padre), sino que la respuesta interna (el dolor) a un estímulo externo (el golpe del niño) es una de las características por las que solemos decir que los seres vivos están vivos: porque sienten. Así, hasta el momento creemos saber que las piedras no están vivas porque no experimentan sufrimiento ni placer, que son los dos indicadores del sentir. Podrán romperse, fracturarse, esfumarse convertidas en polvo: bajo ninguna de estas circunstancias dan prueba de sufrir o gozar; puede ser que de plano no lo experimenten o que nosotros seamos incapaces de reconocerlo (si algún día lo logramos, diremos que las piedras son seres vivos igual que las plantas, que se marchitan con el frío o que convalecen pausadamente cuando un niño no se apiada de ellas).

Frente al contacto con el mundo, el ser vivo reacciona con una sensación, ya sea de dolor o de placer, y ésta produce un movimiento corporal (los músculos se tensan, por ejemplo). En su Análisis del carácter, Wilhelm Reich explica que el movimiento es bilateral: el dolor (la sensación) produce que nuestros músculos se tensen y, viceversa, la tensión de los músculos nos causa dolor. Para Reich, cuando la sensación es placentera, el movimiento corporal tiende a expandirse y, en cambio, cuando es dolorosa, el movimiento corporal tiende a contraerse. También en la Psicología de los sentimientos de Pierre Janet encontramos esta dinámica adentro/afuera, ligeramente modificada en acercamiento/alejamiento: “el placer se traduce por un acercamiento al objeto que lo motiva; mientras que el dolor, siendo un signo de advertencia, de un daño, se resuelve en un alejamiento”.

Hasta aquí quedaría la cosa si nos mantuviéramos en lo relativo a los seres vivos en general, pero el asunto es más amplio cuando nos referimos a los seres humanos. Más que sólo dolor o placer, en los hombres y las mujeres (y en las niñas y los niños) ambas sensaciones provocan diferentes maneras de sentirse, es decir estados de ánimo. “El individuo está sujeto a la influencia del medio al que tiene que adaptarse”, dice Janet, “[…] esto origina una conducta que es el punto de partida de una serie de conductas derivadas. Los seres al obrar no solamente lo hacen con una finalidad externa, sino también interna, y en esto hay que diferenciar lo fisiológico de lo psicológico; lo corporal de lo mental”. En el hombre, pues, más que en ningún otro ser vivo, hacen aparición las emociones y los sentimientos, y aquí sigue persistiendo la idea de moción, de movimiento (la etimología de emoción, del latín emovere, es “mover”, especialmente “hacia fuera”). En orden de aparición, y conforme más avanzada sea la conciencia de los seres vivos, la sensación (de dolor o placer) produce una emoción o un sentimiento.

2. Emociones y sentimientos hay muchos y resulta harto difícil diferenciarlos. Más allá de su extensión, de lo que duran (se supone que la emoción es breve y el sentimiento prolongado), las etiquetas con las que catalogamos los estados de ánimo suelen ser ambiguas y controvertibles. Lo que para unos es emoción, para otros es sentimiento y viceversa. Por suerte, los filósofos clásicos nos dan un término más amplio que abarca a las otras dos: las pasiones, es decir, “apetencia, miedo, ira, coraje, envidia, alegría, amor,
odio, deseo, celos, compasión y, en general, todo lo que va acompañado de placer o dolor” (Aristóteles, Ética a Nicomaco). Se trata, pues, de una categoría que aborda los dos planos, el físico y el anímico, el fisiológico y el psicológico: “el alma no hace ni padece nada sin el cuerpo, por ejemplo, encolerizarse, envalentonarse, apetecer, sentir en general […] parece que las afecciones del alma se dan con el cuerpo: valor, dulzura, miedo, compasión, osadía, así como la alegría, el amor y el odio. El cuerpo, desde luego, resulta afectado conjuntamente en todos estos casos” (Aristóteles, Sobre el alma).

Este vínculo de las pasiones entre el plano físico y el mental no es nuevo. En la mitología griega, Ticio es un dios asociado con la lujuria desenfrenada quien, instigado por Hera, intenta violar a Artemisa (Diana en la mitología romana), por lo cual es castigado en el Tártaro, donde dos buitres se comen eternamente su hígado, lugar donde antiguamente se creía que se albergaban las pasiones. Más hacia acá, Platón las localiza en el estómago y el pecho e Hipócrates delinea la teoría de los cuatro temperamentos, relacionados con el predominio de uno de los cuatro líquidos o humores en el cuerpo (sangre, bilis amarilla, bilis negra y flema), de los cuales depende la personalidad de las Pobres gentes. Hoy, todos tenemos un amigo o conocido que, ante cualquier dolencia, hace de psicólogo improvisado y nos pregona la mentada psicosomaticidad de nuestros padecimientos.

Teorías sobre las pasiones hay muchas y no las conocemos todas, pero una en general nos interesa por su sencillez estructural: la de Santo Tomás de Aquino. Quizá partiendo de la idea de los presocráticos según la cual el mundo se organiza entorno al amor y al odio, lo cual hace que el hombre sienta placer o dolor, Santo Tomás distingue tres periodos en el movimiento de las pasiones. Primero, por su motivación, ya sea amor u odio; segundo, por su forma de expresar esta motivación (aquí se despliegan ya las mil y un maneras en que se expresan el amor o el odio: deseo, aversión, esperanza, desesperación, audacia, temor, etcétera); y, tercero, por su resultado, ya sea de placer o de dolor. En este sentido, la teoría de Santo Tomás nos auxilia para analizar cualquier emoción o sentimiento: como si se tratara de una prueba de sangre, sólo basta hacer pasar la ira o la tristeza, por dar un ejemplo, por los tres periodos para obtener un análisis.

3. Hasta el momento, con nuestro juego libre de espaldas al ring hemos podido reconciliar a la ciencia y a la filosofía en un diálogo cooperativo. En cambio, y más allá de una breve aparición, la mitología casi no ha formado parte del juego. Usémosla para probar nuestro prototipo tomasiano del análisis de las pasiones. Podrá ser arbitraria su inclusión pero nos anima la concepción literaria guion psicoanalítica guion psicología profunda de que una de las funciones del mito es la de sacar a la luz un patrón o modelo de comportamiento humano. Aquí, sin embargo, la propuesta es inversa y ya no será el mito quien nos explique la conducta sino la conducta la que nos explique el mito. Si ya muchos lo han psicoanalizado, nosotros nos proponemos hacerlo pasar por el análisis de las pasiones para encontrarle una explicación. Así, quizá encontremos una metodología útil para comprender cualquier mito. Como sujeto de estudio tomaremos a Diana, una mujer bella como ninguna en cuyo epíteto yace su terrible naturaleza: la cazadora.

Tras presenciar los dolores de parto de su madre, Diana genera tal aversión al sexo que le pide a su padre Júpiter que la deje mantener su virginidad de manera perpetua. Así, se convierte en la diosa virgen por excelencia. Su odio (primer periodo tomasiano) por el dolor del parto, se expresa en aversión a la unión sexual (segundo periodo tomasiano) pues de ésta deriva un alumbramiento. Después, todo lo que acontece con ella tendrá que ver con la satisfacción de esta aversión (tercer periodo tomasiano). Por ejemplo, cuando, alejándose de sus compañeros de cacería, Acteón la encuentra desnuda y por ende amenaza su virginidad. Ella, que se estaba bañando, le grita enfurecida “ahora ya eres libre de decir, si puedes, que has visto a la diosa desnuda”, y le avienta un chorro de agua que lo convierte en venado. Aterrorizado, Acteón huye y la fulminante diosa siente un profundo placer (tercer periodo tomasiano) al cerciorarse de que los propios perros del cazador lo devoraron en su lamentable huida. Un segundo ejemplo: Níobe, reina de Tebas, está tan orgullosa de haber tenido tantísimos hijos que comete el error de burlarse de la diosa Leto por sólo haber tenido dos (Apolo y… sí, Diana). Llega a tal punto el orgullo de la reina que prohibe los sacrificios de su pueblo a Leto. Diana, entonces, instiga a Apolo y juntos matan a todos sus descendientes (Apolo se encargará de los hombres y Diana de las mujeres). Tercer y último ejemplo: engañada por Júpiter, quien adopta la forma de Apolo, Calisto queda embarazada de él. Mala suerte de la pobre ninfa que, tras haber jurado mantenerse virgen, formaba parte del cortejo de Diana. Según unas versiones, Júpiter la transforma en oso para que la celosa Juno nunca se entere de su infidelidad, según otras versiones, es la misma Juno quien la convierte en oso, pero todas las versiones coinciden en que es Diana y nadie más que ella quien le da cacería para matarla. Queda claro pues que, movida por el odio al dolor del parto (primer periodo), Diana expresa este odio con aversión a cualquier cosa que amenace su virginidad (segundo periodo) y encuentra satisfacción dándole cacería a la personificación de la amenaza, ya sea Acteón, Níobe o Calisto (tercer periodo).

4. Conclusión: si bien con tesón científico tenemos el deber de seguir haciendo pruebas de laboratorio con nuestro prototipo, es decir, hacer pasar a otros mitos por el análisis tomasiano de las pasiones, en un primer momento parece ser que nuestra metodología es útil en el caso de Diana. Esta metodología surge de la unión entre ciencia, filosofía y mitología y nos podemos ufanar de haberla elaborado sin tener que recurrir a la penosa necesidad de definirlas, lamentable labor en la que invariablemente se cometerán vergonzosos errores. Por decirlo de otra manera, les dejamos a las tres sus máscaras pues, como dijimos desde un inicio, nuestro propósito no era el de subirlas al ring para que se desenmascararan sino, más bien, colocarlas en el escenario de un juego para escuchar lo que tuvieran que decirnos.

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