Los enamoramientos, o por qué estoy apunto de dejar “la nueva novela de Javier Marías” a un lado

No se trata de tener o no la razón. Simplemente, es una experiencia; en última instancia, la experiencia de un lector. Los editores deberían hacer más caso a lo que le pasa a la gente que lee los libros que publican, más allá de los reportes de ventas. Con ello, quiero detenerme en lo de “la nueva novela de Javier Marías”, frase que extraje directamente de la contra portada del libro (cuarta de forros, para los entendidos), y que me parece que tiene que ver directamente con la decisión de dejar a un lado la novela, tras noventa y tantas páginas leídas.

Desde que compré mi ejemplar, me llamó la atención que así dijera. “La nueva novela de Javier Marías.” Cuando leí esta frase, me imaginé terminando el libro y dejándolo en mi librero. El tiempo pasaba y un año después (o tres, o quince), lo sacaba para volver a hojearlo, como hace uno con los libros que le han gustado. O si no para hojearlo, para prestárselo a un amigo. La nueva novela de Javier Marías ya no sería la nueva novela de Javier Marías. Seguramente el autor publicó otras después. Entonces, el valor que se quiso destacar se convertía en un defecto. En mi imaginación, la nueva novela de Javier Marías se transformaba (uno, tres, quince años después) en la novela vieja de Javier Marías. El amigo en cuestión tomaba el libro, miraba la portada, le daba vuelta, leía y, a continuación, me reclamaba: “Mejor préstame la última”, como si le estuviera regalando un Iphone 3 en lugar de un Iphone 4.

No creo ser quisquilloso. La pregunta es muy simple: ¿por qué el editor decidió poner esto en su contraportada, cuando la naturaleza del libro es perdurar en el tiempo? Está bien en un boletín de prensa, en una reseña, pues estos son instrumentos mercadológicos con una vigencia muy corta, pero, ¿en el libro? Una pregunta exagerada: ¿algún día los editores utilizarán los márgenes blancos de las páginas para anunciarse, como si fuera una cancha de futbol? En fin.

La nueva novela de Javier Marías es una novela narrada por una editora que todas las mañanas se sienta en un café antes de ir a su trabajo para admirar a un matrimonio que a ella le parece feliz. La encarnación del amor eterno. Hasta que al hombre lo asesinan. Miguel Desvern, empresario, dueño de una distribuidora cinematográfica. Lo asesina un gorilla (un viene-viene) desquiciado, que lo confunde con alguien más. Muy bien. Marías tiene una capacidad sobresaliente para fijar el foco en el detalle y dotarlo de significación. Además, sus personajes, sobre todo la editora, tienen una capacidad reflexiva desbordante. Todo lo que piensan lo piensan muy bien, no porque tengan la verdad en sus labios o porque suenen muy zen, sino porque el hilo de sus ideas corre parejo y largo… a veces demasiado.

El problema empieza ahí. Al final del noveno capítulo (por ahí de la página 70), Marías se suelta una oración de nada más y nada menos que… ¡4 páginas! Virtuoso… Y excesivo. Después de meses de no verlos más en el café, la editora encuentra a la viuda y se anima a hablar con ella. Así empieza una conversación que se interrumpe porque la editora está retrasada para ir a su trabajo pero que se reanuda en el capítulo siguiente, cuando visita a la viuda en su casa. La dichosa oración es un pensamiento en el que la editora reflexiona cual podrá haber sido el último pensamiento de Desvern antes de caer inconsciente en el suelo, después de haber sido apuñalado. A continuación, la plática entre la editora y la viuda, una plática en la que ambas mujeres se dicen sólo un par de cosas y que sin embargo ocupa nada más y nada menos que… ¡3 capítulos! Deslumbrado por su virtuosismo, Marías ya se olvidó de sus personajes, quienes se convierten en cabezas hablantes. Muy profundos, sí, muy honestos y sabios, sensatos también, pero estáticos, como maniquís parlanchines. En suma: aburridos. ¿Y si en lugar de que la editora describa el tipo de tristeza que cree que la viuda está sintiendo, describe un gesto, un movimiento, un inflexión de voz que refleje esa tristeza? Javier: no digas, muestra. ¿Te acuerdas?

A partir de ahí, el tema de la novela se extravía. En un principio, el asunto parece ser la reflexión sobre cómo las personas conciben al amor, al enamoramiento, como el suceso más feliz y valioso que puede ocurrir en sus vidas (una especie de culminación, de éxito), cuando en realidad éste puede ser una simple rifa en la que sólo participan quienes compran boleto. Enamorarse podría ser algo así como sacarse la rifa del tigre. Pero a partir de que Desvern muere, el asunto vira hacia la ausencia, hacia la tragedia de perder al ser amado. No lo sé de cierto (pues conforme escribo esto es cada vez más claro que cerraré de una vez por todas el libro), pero si éste es lado oscuro del amor que Marías busca alumbrar para desmitificar al amor, creo que no hace más que alimentar el mito.

Una vez, mi papá me dio una perla de sabiduría que aún hoy conservo, y que ahora aplica. Yo había comprado el último disco de Eric Clapton, y se lo mostré orgulloso (a final de cuentas, de él eran los discos viejos de Eric Clapton que yo escuchaba). Mi papá lo miró, lo puso y lo escuchó en silencio. Al final, dijo: “Eric Clapton es tan buen guitarrista que cualquier cosa que toque suena muy bien. Eso no quiere decir que la música sea buena”. De acuerdo. El último disco de Eric Clapton era sólo eso: el más nuevo. Pienso lo mismo de Los enamoramientos, la última novela de Javier Marías. Tal vez el editor comulgue conmigo y por eso haya querido destacar eso que a mí tanto me molestó y que, para él (o para ella) tal vez haya sido, sencillamente, lo mejor de la novela: ser la más nueva.

No he leído mucho a Marías. Sólo el libro de cuentos Cuando fui mortal. Y me parece que es mucho mejor. De nuevo, no se trata de tener o no la razón, y espero que Marías siga publicando libros que sean mejores. Por mi parte, dejo en suspenso mi juicio de él como escritor, y en lugar de llevarle la contraria a todos esos lectores que tanto lo admiran, espero que algún día llegue a mis manos un libro suyo que me conmueva, no necesariamente el más nuevo, preferentemente uno que un amigo saque de su librero, lo hojee con ternura y me lo entregue en las manos, acompañando el préstamo con esa mirada entre estricta y alegre de quien presta un libro como si revelara un secreto de vida o muerte.

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