El libro de la culpa

El lamento de Portnoy, de Philip Roth, podría llamarse El libro de la culpa. La culpa entendida como el avasallante tormento mental de arrepentimiento que emerge después de la satisfacción de un deseo, sobre todo sexual. Alexander Portnoy es un judío estadounidense que vive bajo el signo de la contradicción y el ensimismamiento. Es, por un lado, jefe de la Comisión de Igualdad de Oportunidades de Nueva York, puesto que lo embiste públicamente de una autoridad moral superior, ya que ahí se encarga de erradicar la discriminación contra las minorías; pero, por otro lado, vive una vida disipada al lado de Mary Jane, apodada como La Mona, una mujer que conoció en la calle y que aceptó “soplarle la picha” (chuparle la ñonga, en mexicano) mucho antes de intercambiar nombres. Portnoy es un atormentado personaje que, tras la satisfacción de una fantasía sexual, se vuelve víctima de delirios megalómanos, en los que invariablemente es víctima de castigos terribles e insoportables; por ejemplo, la vergüenza de ver su nombre publicado en notas amarillistas en las que lo acusan de ser responsable del suicidio de La Mona por haberla orillado a tener sexo con otra mujer, o el miedo adolescente a producirse cáncer en el pene por el exceso de masturbación.

Si la vida sexual de Alexander Portnoy es el hilo sobre el que, como un tendedero, descansa la novela, la relación de Portnoy con sus padres son los clavos de los que se sostiene este hilo. Por un lado, en el punto de origen, la madre maravillosa y abismal, que en su amor materno emascula a su pequeño pimpollo (así, por ejemplo, cuando en la adolescencia Alexander se encierra en el baño para masturbarse con el brasier de su hermana, mientras su madre toca a la puerta y le exige a su hijo que no le jale al escusado para poder revisar sus excrementos, motivada por la creencia de que su hijo se ha encerrado en el baño porque está enfermo del estómago), madre de amor terrible que engulle al hijo y que, al mismo tiempo que puede pasar horas hablando con él mientras plancha la ropa, puede también amenazarlo con clavarle un cuchillo para convencerlo de que coma completa su comida. (¡A los cuatro años de edad!)

Por el otro lado, su padre, hombre perpetuamente estreñido que se levanta en la madrugada todos los días para meterse al baño y quedarse dormido a la espera interminable de que sus intestinos hagan su trabajo; hombre inculto y hacendoso que vive de sol a sol vendiendo seguros y que renuncia a sus propios sueños y se parte el lomo para que Alexander tenga todo lo que él no tuvo (en estos actos paternales que, disfrazados de sacrificio, esconden un profundo egoísmo: el hijo tendrá que estarle eternamente agradecido; una deuda impagable por el cúmulo de intereses).

Dos padres judíos, pues, que le reprochan a Alexander no tener una esposa judía y un par de hijos judíos. Sí, porque en lugar de eso, Portnoy está obsesionado con mujeres shiikes, goyisches, mujeres no judías de “sabrosas tetas” y mejores “culos”; mujeres de coños no judíos que él quiere, debe, necesita, urge lamer, y para lo cual oculta su nariz judía y su nombre judío. Eso es La Mona, una shikse con pésima ortografía que lo amenaza con suicidarse si él no promete casarse con ella y le da una casa en la playa en la cual educar a un par de hijos.

Huyendo de esta amenaza, Alexander Portnoy viaja a Israel para reencontrarse con sus raíces. Y es en su origen, en su Tierra Prometida, donde finalmente se encuentra con la terrible condición que da motivo a la novela: la impotencia. Dos veces lo intenta con dos mujeres judías distintas. La primera, miembro del ejército israelí. La segunda, una mujer de kibutz más bien hippie que detesta el mundo moderno. Y él sencillamente no logra mantener una erección. Es finalmente la impotencia lo que lleva a Portnoy a buscar la ayuda de un psicoanalista. Formalmente, la novela se despliega como la transcripción de las sesiones de psicoanálisis de Portnoy, que el lector puede imaginar acostado en el diván mientras relata sus cuitas. Se trata, pues, de un monólogo en el que Alexander relata los orígenes de su padecimiento, un monólogo dirigido a los oídos de su psicoanalista, quien finalmente abre la boca en la última línea del libro. De esta manera, la novela termina donde empieza la historia. Una proeza formal que, como toda verdadera proeza, es hermosamente sencilla. Con El lamento de Portnoy, Philip Roth hace que parezca fácil. Es una lección de escritura: fondo es forma. En este sentido, una obra maestra.

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