La vida secreta de los cajones

Engañados por su utilidad y convencidos de perseguir el orden (siempre el orden), guardamos cosas en los cajones y somos inconscientes de que, al hacerlo, pintamos una raya entre eso que guardamos y el resto del Universo: de pronto, un calcetín es arrancado del mundo y arrojado al oscuro y secreto reino del cajón de los calcetines. Un segundo antes nos pertenecía a todos. Un segundo después, el calcetín le pertenece sólo y nada más que al dueño y custodio del cajón.

En apariencia, el caso de los calcetines es relativamente sencillo pues supuestamente se trata de un submundo habitado por seres idénticos (quiza en el cajón convivan calcetines de diferentes colores o tamaños, algunos tendrán hoyos y a otros se les habrá perdido la pareja, pero invariablemente son todos calcetines). Sin embargo, el mundo es diverso (¡fatigosamente complejo!) y basta husmear (con o sin permiso) en los armarios de otras personas para darse cuenta de que un mundo en donde todas las personas asignen un cajón exclusivo para guardar sus calcetines es, en realidad, una inocente ilusión. Por un lado están quienes, sin importar su color, mezclan ropa interior con calcetines; por otro lado están quienes, sin importar el tipo de prenda, ordenan su ropa según su color. Más allá están los que la separan según su grado de formalidad: la ropa para ir al trabajo versus la ropa para hacer deporte. Más acá están quienes avientan todo indistintamente al cajón más cercano o al menos lleno.

Los anteriores son sólo cuatro ejemplos de la inagotable cantidad de opciones que hay para ordenar las cosas. Es entonces cuando nos damos cuenta de que el “orden” no tiene mayúsculas y que, más allá de su verosimilitud (de su lógica interna), cada quien adopta, más o menos conscientemente, una manera propia de categorizar y jerarquizar al mundo que lo rodea. Es en este sentido que es posible suponer que un cajón es un espejo material de nuestra cosmovisión y, por lo tanto, de nuestra vida privada (esa que ocurre detrás de las puertas, en los rincones, bajo el velo de las cortinas, y que se compone de recuerdos y deseos que sólo se pueden enunciar en voz baja).

El asunto se vuelve más claro cuando el cajón en cuestión es realmente un cajón en el que se guardan secretos: cartas, piedras, postales; tres conchas, el mar y una sombrilla de papel. Otra vez, las combinaciones son infinitas, pero ahora la mezcla adquiere un tinte fantástico, como de hechizo mágico (en lugar de ancas de rana, una pluma; en vez de ojos de buitre, una moneda; en sustitución de patas de araña, una caja de cerillos). Cualquier cosa vale, siempre y cuando en ella se encapsule un secreto (algo así como una semilla).

Cajones-retratos, cajones-espejos. Aun cuando estén disfrazados de muebles, los cajones son cofres en los que depositamos nuestra existencia. Visto así, ¿cómo no querer conocer el cajón donde María Luisa guarda sus secretos, después de haber tenido la oportunidad de espiar furtivamente en su desordenada alacena?

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