Entregar una llave

Uno de los pilares sobre los que se sostiene el amor es la coincidencia. Hay tantas posibilidades de que dos personas nunca se encuentren que, cuando ambos logran evadir la difurcación, se ven embriagados por una sensación milagrosa, como si su unión formara parte de los planes del destino. Así, los afortunados se elevan por encima del resto de los hombres, soliviantados por la impresión de que sus nombres unidos forman parte de una historia más amplia y venturosa, como una estrella recién nacida en el firmamento.

“Coincidir es un milagro”, sí, pero también existe otro tipo de amor, un amor igual de milagroso pero ilícito y cruel, desarropado del brazo amable del destino; amor voluntario y carnal cuyo impulso no recae en fuerzas exteriores sino que se abre paso nada más que por la apuesta de los amantes: el amor de aquellos que deciden encontrarse a pesar de no coincidir, el de quienes no se contentan con el aquí y el ahora y que se declaran su amor sentando las bases para una futura coincidencia. Amor de dos que levantan su esperanza como una ola para escribir entre paréntesis sus nombres juntos, aun cuando el destino los haya querido extraviar. Más que dejar la puerta abierta, se trata de entregar una llave. Y, con ella, la oportunidad de utilizarla cuando llegue el momento.

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