De la impunidad de los músicos en los restaurantes

Esta nueva diatriba va dirigida a los músicos en los restaurantes, quienes ejercen un tipo de impunidad que es difícil distinguir, tan así que el calificativo “impunidad” parece, a primera vista, desmedido. Pues no lo es: ellos se aprovechan de la idea romántica de que a todos nos debe, debe, gustar la música. ¿Y qué mejor momento para escuchar unos arpegios que mientras se degustan de los sagrados alimentos en compañía de fraternas amistades? Falso: cuando uno come acompañado, lo que uno quiere es conversar. Comer solo y comer sin hablar es casi lo mismo. Pero he aquí que ya viene el trío, una coja con su pandero, el romántico de la guitarra, la ciega plañidera, los Beatles rastafaris, el sombrero con acordeón. Y todos, sin excepción, carecen del gusto estético suficiente como para por lo menos darse cuenta de que sus coyoteos molestan a la gente, pues aún tienen la desvergüenza de pasar de mesa en mesa con la mano extendida para pedir una moneda. Peor aún: si uno decide que la interpretación no tuvo la suficiente calidad artística como para desprenderse de una moneda y patrocinar su incipiente carrera, el músico se nos quedan mirando con ojos de revancha, lo que algunos llaman atinadamente “el maleficio del trovador”.

Debo hacer una corrección: no todos los músicos de restaurante ejercen este tipo de impunidad. Se trata, sobre todo, de aquellos que andan a pie deteniéndose en cada comida corrida. En otros sitios, restaurantes quizá de mayor categoría, los músicos por lo menos tienen el gesto de preguntarle a uno si quiere escuchar una canción. Cuando uno, naturalmente, dice que no, tal vez insistan una, dos veces, pero terminan yéndose sin obligarnos a escuchar con los oídos rotos parte de su inverosímil repertorio. Hecha esta aclaración me pregunto por qué los dueños de las comidas corridas soportan a estos peregrinos, bajándole o incluso apagando la televisión para que tantos músicos de pacotilla reciban la atención de un auditorio que ni los quiere ver ni los quiere oír. ¿Existirá algún tipo de acuerdo entre ambos (repartición de botín, por ejemplo) o sólo se trata de un acto de bondad, del tipo de actos filantrópicos que propician ideas como la de que todos debemos, debemos, disfrutar de la música? No por nada, la música y el amor comparten el erróneo mote de “el lenguaje universal”.

Tienen suerte, pues, estos personajes de que en el mundo haya gente supersticiosa que esté convencida de que no darle dinero a un músico es tentar a la mala suerte.

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